Los escándalos clínicos tras la Operación Covid19

Los escandalosos ensayos clínicos de los productos génicos experimentales contra la aún hoy indemostrada enfermedad Covid 19 causada por un virus que continúa sin ser presentado en forma aislada y purificada por ningún centro de investigación o institución político-sanitaria han revelado en las últimas semanas la inmensa estafa de la que han sido pilares. La magnitud del fraude y la trama de silenciamiento científico, administrativo y mediático son de tal calibre que es sólo posible imaginar la cantidad de dinero que se han repartido sus operadores financieros, industriales, políticos, administrativos, comerciales y mediáticos. Esta entrada de ALO sintetiza lo que sabemos sobre este mayúsculo escándalo yatrogénico masivo y sin paragón en la historia de la criminalidad a gran escala.

Los ensayos clínicos son un mundo arcano al que se suele asociar una estética científica de bata blanca y una ética de progreso de la humanidad, incluso de superioridad moral por su supuesta vocación de contribuir a salvar vidas. No obstante, para los que conocen de dentro cómo se hacen este tipo de estudios, la visión suele ser mucho menos romántica. Nunca resulta agradable conocer cómo se hacen las salchichas, y menos aún cómo se prueban los compuestos químicos para uso humano, especialmente cuando estos productos son generados para ser potencialmente administrados a toda la población planetaria sin discriminación, sin diagnóstico clínico y sin receta.

Como cualquier otra actividad humana en la que existen incentivos de poder y de dinero, la ciencia está expuesta a su falsificación y a la corrupción. Y uno de los ámbitos donde existen unos incentivos más jugosos son los productos farmacéuticos, en particular aquellos que se administran de forma preventiva a las personas sanas: las vacunas. La tarta es milmillonaria. El sueño de toda empresa farmacéutica es sacar productos rápidamente y que demuestren rápidamente su eficacia. Ningún directivo quiere ver cómo un estudio dictamina que el compuesto en el que ha invertido centenares de millones resulta ineficaz o inseguro, perdiendo mucho dinero. Menos aún cuando es su misma compañía la que financia el estudio, controlándolo por lo tanto de forma directa o indirecta. Tampoco a los reguladores públicos de las Agencias del Medicamento les gusta aparecer como aguafiestas o como pesados que retrasan el proceso para ‘salvar vidas’ con ‘requerimientos mezquinos’ (enfrentándose a políticos poderosos con pocos escrúpulos como Donald Trump o Joe Biden), como analizar en detalle que no hay efectos secundarios de largo plazo durante varios años. Ser excesivamente rigurosos puede perjudicar seriamente sus perspectivas de obtener trabajos extraordinariamente bien remunerados en una farmacéutica (o en una de las fundaciones que controlan) cuando finalice su mandato, como el del ex comisionado de la agencia FDA estadounidense Scott Gottlieb, hoy consejero de Pfizer.

El ensayo de la «vacuna» de Pfizer contra el supuesto ‘Sars cov-2’, junto al estudio gemelo de Moderna, basó su ‘éxito’ en que, en el grupo de los vacunados, solamente 8 sobre 18.198 (un 0,04%) fueron diagnosticados como ‘casos sintomáticos de Covid 19’, mientras que en el grupo de control con placebo, lo fueron 162 sobre un total de 18.325 (un 0,88%)[1]. Un diagnóstico de ‘caso sintomático’ implicaba síntomas que esencialmente eran síntomas catarrales: El ensayo apenas registró 1 caso de “síntomas severos de Covid-19” en el grupo vacunado, y 11 casos de “síntomas severos” en el grupo de control con placebo. A parti

Cuando se tiene práctica en el análisis o elaboración de estadísticas o estudios, se sabe que existe un margen de error, que puede ser importante. Un margen de error de 300 casos sobre 36.000 observaciones es esperable hasta en los estudios más rigurosos. De hecho, en el famoso estudio de Pfizer se descartaron casi 8.000 participantes del total de 44.000 (para llegar al total de cerca de 36.000 utilizados). Con incidencias muy bajas de la enfermedad como las observadas el riesgo de error aumenta: ¿11 casos ‘severos’ de covid sobre 44.000 personas? Es un número ínfimo. ¿Es eso acaso una epidemia? ¿Cómo de fiable es una señal estadística tan pequeña en relación a la muestra? Tradicionalmente se considera que con el aumento del tamaño de la muestra se pueden reducir los errores estadísticos. Pero con frecuencia ocurre al revés. Cuando las tasas de incidencia son muy bajas, unas pocas observaciones pueden sesgar un estudio. Y es más fácil esconder esas observaciones sesgadas o manipuladas entre la ‘paja’ de una muestra muy grande. Con 150 casos positivos repartidos aquí y allí ya podemos tener el resultado deseado. Podríamos subir ‘accidentalmente’ los ciclos de la PCR en algunos lugares de forma difícil de detectar y ya tenemos nuestro resultado. Para los casos ‘severos’ basta con sesgar los informes de apenas 9 casos. En el grupo vacunado podríamos atribuir de forma subjetiva las hospitalizaciones a cualquier otro motivo en lugar de al Covid-19. Sobre una muestra tan grande el sesgo no será evidente si el regulador no es muy incisivo. El mismo estudio reconoce que la reducción en la severidad de la enfermedad es un resultado sobre el que la confianza estadística es baja.

Pues bien, hoy estamos en condiciones de afirmar que la aprobación de las «vacunas contra la covid» se basó exclusivamente en la reducción de la incidencia de la infección sintomática. Pasado casi un año y medio desde la fatídica aprobación de esos productos inyectables experimentales, en el mundo real se ha podido comprobar que la ‘incidencia acumulada’ oficial del supuesto virus ha pulverizado todos los récords en los países más vacunados. La tan anunciada reducción del 95% de los casos sintomáticos es hoy risible hasta para el más sectario vacunópata y para el mercenario más beneficiado por este negocio infame. Incluso las mismas farmacéuticas reconocen hoy eficacias ínfimas contra la infección, con la única excusa de la aparición de variantes, fenómeno que según la teoría virológica convencional era completamente previsible y que, de hecho, constituye un factor endógeno fundamental que desaconsejaba centrar el abordaje del «problema sanitario» en la producción de «vacunas «y priorizar tratamientos reactivos, más que preventivos. Y no obstante y a pesar de todas las evidencias sobre la no necesidad de estos productos inyectables, sobre su inutilidad en la reducción de la transmisión e incluso de las enfermedades asociadas y sobre su abultada cuenta de efectos adversos cada día más abultados en cantidad y en efectos clínicos reconocidos, la autorización de la Agencia Europea del Medicamento o de la FDA, se mantiene escandalosamente. Los estudios originales, cuyo periodo de observación fue de unos ridículos dos meses, no han sido aún retractados.

Por ello, sigue siendo importante investigar la integridad de aquellos famosos estudios. Si se puede demostrar fraude, las compañías pueden perder su inmunidad ante demandas judiciales. Y desde luego las denuncias se han sucedido y van a continuar durante años. Brook Jackson, ex gestora de Ventavia, una de las empresas subcontratistas de los ensayos, denunció públicamente las irregularidades que observó, lo cual fue recogido por el British Medical Journal: datos falsificados, eliminación del doble ciego, fallos en el reporte de efectos adversos. Los tribunales están abordando su denuncia, pero al igual que la ciencia, la justicia también está sometida a presiones inmensas y a riesgo de corrupción. Todos los implicados saben que un fallo dictaminando que existió fraude desataría una tormenta épica sobre el juez que lo sancionara. Del análisis de los documentos que Pfizer se ha visto obligada a publicar aparecen ahora nuevas irregularidades, analizadas por la cuenta Jikkyleaks (comprensible el anonimato a tenor de los niveles de censura y persecución mediática, profesional e incluso política y judicial de la disidencia), sobre el principal autor del estudio publicado sobre los productos inyectables de Pfizer, el ‘investigador principal’ argentino Fernando Polack, posgrado en la universidad Johns Hopkins, consultor de la FDA y al mismo tiempo vinculado a la fundación INFANT, importante receptora de financiación de la fundación Gates. Según el análisis, en tres semanas el nodo en torno al Hospital Militar Central de Argentina consiguió reclutar 4.501 pacientes (de un total de 44.000 del estudio), un ritmo extraordinario, y posteriormente otras 1.275 antes de la semana de cierre del estudio. Que más de un 10% del estudio venga de una subcontrata en Argentina con este perfil debería motivar una investigación muy en detalle.

Pero el problema no reside solamente en el estudio concreto de Pfizer, cuyos indicios de fraude están sometidos a un mayor escrutinio vistas las funestas consecuencias de la aprobación de este producto. El sistema de estudios y la evaluación de los reguladores de productos farmacéuticos, y en particular de vacunas, están completamente viciados. La mayor parte de las vacunas, especialmente las infantiles, no se comparan con placebos (doble ciego), y no se evalúa la interacción entre ellas. Una vez aprobada una vacuna, la crítica hacia las actuaciones de los reguladores es extremadamente agresiva e inquisitorial, un clima totalmente contrario a la búsqueda de la verdad sin prejuicios. Resulta indefendible la aprobación de medicamentos como el Remdesivir u Oxycontin o, mismamente, los ridículos ensayos para los sucesivos ‘refuerzos’ de las vacunas covid, cuyos estándares caen cada vez más al subsuelo ante la evidencia no ya de ineficacia, sino de clamoroso perjuicio, una vez que los reguladores traspasaron las fronteras de la más mínima decencia.

No bastará solamente con demostrar el fraude puntual en un estudio, por más crucial que sea. Será necesario evaluar en profundidad las instituciones corruptas y sus acciones y decisiones, sus ocultamientos (en lo que salpica a la UE, la Sra Von Der Leyen deberá en este punto ser llamada a declarar sobre sus conflictos de intereses y sus conversaciones privadas con Pfizer [2]) y, en caso de demostrarse aquello que se nos aparece cada día más evidente a un número creciente de ciudadanos y ciudadanas europeos, proceder a despedir y juzgar a los funcionarios corresponsables en la cadena decisional, a cerrar estos organismos colusivos e incluso a demoler físicamente sus edificios y su recuerdo, como única manera simbólica de erradicar este nefasto episodio de la historia europea y universal. Su desprestigio y descrédito ya no se circunscribe a grupos heterodoxos aislados, sino a amplias capas de la población, todavía minoritarias pero muy enfadadas por haber sido engañadas y presionadas. Cada vez más, las agencias reguladoras se sostienen solamente por el aura de la oficialidad, el mito del progreso tecno-científico como intrínseca y eternamente bueno y la fuerza bruta del poder y el dinero, no por un mérito o prestigio objetivos. Habrá al mismo tiempo que someter a la más estricta vigilancia a las farmacéuticas corruptas y corruptoras, o cerrarlas. Y empezar todo de nuevo, en un reseteado por esta vez pensado, decidido y operado por las ciudadanías libres, informadas y organizadas, y nunca más por élites eugenistas.

Mitch Bakunin


[1] En el ensayo de Moderna fueron 11 casos sintomáticos de 14.134 vacunados (0,08%), y 185 casos sintomáticos de 14.073 (1,3%) en el grupo de control con placebo. La diferencia entre estas tasas de incidencia es la que dio un famoso 95,4% de reducción de la incidencia en el caso de Pfizer y un 94,1% en el caso de Moderna. Esta asombrosa similitud en los números de eficacia no es por casualidad muy diferente del mítico 95% de intervalo de confianza, conocido coloquialmente en estadística económica como un fetiche hacia el que se torturan los datos hasta que confiesen lo que queremos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *