Deconstruyendo a Fauci

Esta reseña de nuestro compañero de ALO Mitch Bakunin repasa los elementos más significativos de la obra “The Real Anthony Fauci” que Robert F. Kennedy Jr acaba de publicar sobre el personaje más relevante en la historia de la Humanidad en los dos últimos años y director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos (NIAID) desde 1984. Cuando han sido censuradas y satanizadas voces como la del abogado y autor de la obra referenciada pero también de una significativa porción de la comunidad científica independiente de los intereses de las finanzas especulativas, la Big Pharma y las compañías tecnológicas – grandes beneficiados todos ellos de la Operación C19 de mega-ajuste estructural del capitalismo en su deriva totalitaria – la producción, lectura y difusión de un libro valioso y valiente como el de Kennedy resultan un aporte fundamental a la comprensión de nuestra actualidad y al ejercicio de nuestros derechos y libertades, más amenazados que nunca antes.

Bienvenidos a nuestra pesadilla

– Activistas del SIDA en relación a la emergencia de Anthony Fauci en la crisis COVID

Cuando pensamos en por qué sufrimos una tiranía sanitaria global que nos oprime diariamente en los aspectos más pequeños de nuestra vida desde hace ya dos largos años, tenemos que mirar a la potencia todavía hegemónica en Occidente: los Estados Unidos. Allí es inmediatamente visible el poder y la crucial importancia de una figura que se ha situado incluso por encima de los presidentes de gobierno: el ‘zar sanitario’ neoyorquino Anthony Fauci. Su figura ha sido objeto de libros muy críticos desde hace décadas; uno de ellos lo bautiza como “el Bernie Madoff de la Ciencia”, por el conocido estafador financiero; otro, “Faucian Bargain”, lo asimila plausiblemente a Mefistófeles. Se acaba de publicar en noviembre un libro de la némesis de Fauci, Robert F. Kennedy Jr., hijo del célebre político asesinado en 1968 y sobrino del Presidente también asesinado John F. Kennedy. Kennedy es un abogado conocido por ser un infatigable cruzado contra los pesticidas y la contaminación ambiental, y en particular por denunciar valientemente los abusos de la industria farmacéutica y de las vacunas en desafío de una dura censura y desprecio de los medios de comunicación, que lo han marginado en el oprobio bajo la consigna de que es un “líder antivacunas”. Porque, según nos dicen los medios, todas las vacunas son seguras y eficaces sin excepción posible. Y ponerlo en duda es ser un ‘irresponsable’, un ‘negacionista’ y otros muchos epítetos. Quienes antes habríamos mirado con escepticismo a Kennedy pero hemos visto con estupor los flagrantes abusos del estamento sanitario desde el año pasado y la infame complicidad de los medios de comunicación de masas – a quienes hemos dejado de creer en lo más mínimo – prestamos hoy la máxima atención a Kennedy, quien se ha ganado a pulso la credibilidad por venir denunciando la corrupción de la industria desde hace décadas, combatiendo abiertamente a Fauci. Y su testimonio es demoledor, una acusación que en un mundo libre debería motivar una investigación criminal del máximo nivel, y en su defecto una verdadera revolución política contra lo que Kennedy considera “el histórico golpe de estado de 2020 contra la democracia occidental”. En el mundo que vivimos, este importante documento es un tiro con honda de David contra el poderoso y multimillonario Goliat farmacéutico, pero un tiro sin embargo certero, que se ha colado fulminantemente en el número 1 de ventas estadounidense, incluso en el listado del monopolio amazónico del supervillano Bezos.

Repasando la vida del personaje, no cabe duda de que el regente de la sanidad estadounidense por casi 40 años ha utilizado y puesto en práctica la frase en muchas ocasiones, y posiblemente todo el repertorio de la familia Corleone. El libro se lee como la disección de un personaje que parece compendiar en sí mismo todos los estereotipos creados en torno a la población italo-estadounidense: mitad gángster carismático como Vito Corleone, mitad audaz megalómano maquiavélico como César Borgia, este “pequeño Napoleón” ha sido y es paradójicamente adorado por una parte importante de las masas a las que ha oprimido. El Síndrome de Estocolmo.

En su nuevo libro «The Real Anthony Fauci”: Bill Gates, Big Pharma and the Global War on Democracy and Public Health«, Kennedy ha hecho un gran esfuerzo para recopilar información sanitaria y estudios críticos ya conocidos pero que es necesario divulgar sin descanso. Pero donde de verdad aporta algo muy valioso y original es en que recopila los abusos de los reguladores guiados por Fauci y desentraña su sentido y su motivación: para un observador bienintencionado e ingenuo, los evidentes cambios de criterio, las mentiras abiertamente reconocidas, las promesas incumplidas, los continuos fracasos en las predicciones, pueden parecer incompetencia. El autor muestra los antecedentes de corrupción que han salpicado la figura de Fauci durante décadas, en particular en todo lo relacionado con el SIDA, y describe con toda claridad un patrón de comportamiento, marcado por la pasión por el ejercicio del poder, los conflictos de interés, la audacia, la falta de escrúpulos y la impunidad. Y hace la crónica de un elemento clave ya bastante conocido: el desarrollo de esta “pandemia” se viene ensayando repetidamente en ejercicios de simulación internacionales impulsados por la Fundación Bill & Melinda Gates con implicación de políticos, funcionarios internacionales liderados por Fauci y su equipo estadounidense y, ominosamente, también por los aparatos de defensa y servicios secretos. Esas simulaciones han tenido como fijación la imposición de una vacuna obligatoria a la población, junto a todo el repertorio de salvajes medidas coactivas y de censura que el mundo está padeciendo de manera creciente en los dos últimos años.

¿Por qué la figura de Fauci es tan importante? Kennedy relata que desde 2020 el director del NIAID «ha ostentado un poder que pocos gobernantes y ningún doctor había tenido en la historia”. No es el único responsable de la erección de la tiranía sanitaria –Bill Gates es verdadero coprotagonista del libro-, pero sin él es muy difícil que se hubiera constituido:

  • Fauci ha controlado con mano férrea durante la increíble duración de cerca de 40 años un astronómico presupuesto anual de investigación de 7.700 M$ -el doble que la Fundación Bill & Melinda Gates. Este presupuesto confiere un poder gigantesco si se usa de forma discrecional y con escaso control, como ha ocurrido.
  • Ha alimentado a la Universidad y a los investigadores (que Kennedy considera la red más fundamentalmente corrupta) con presupuestos de investigación que han generado una masiva dependencia del organismo secularmente dirigido por Fauci (NIAID) y asegurado el servilismo a las consignas que vinieran de arriba.
  • Ha servido de forma extraordinaria a la multiplicación de los beneficios de la industria farmacéutica, en un “partenariado público privado” que es una descarada colusión.
  • Ha ejercido un comportamiento implacable con cualquier discrepancia, persiguiendo desde el principio de su carrera a sus oponentes, mediante ‘vendettas’ que Kennedy documenta, en particular contra Peter Duesberg y en todo lo referente al SIDA, y una verdadera “Inquisición” mediante juntas médicas estatales con capacidad de marginar e incluso expulsar de sus carreras a los discrepantes. Ya desde la juventud de Fauci en los deportes “su apetito por la victoria total y la dominación le convirtieron en un competidor feroz”.
  • Ha tejido lazos cruciales con el aparato de Defensa y de Seguridad Nacional (el Pentágono) que le han dado una autoridad para emergencias. El autoritarismo durante la crisis que conduce a la vacunación obligatoria ha sido ensayado repetidamente en simulaciones –lo que ha facilitado que los políticos se hicieran cómplices.
  • Ha sabido crear una relación exclusiva y de control con las grandes fundaciones de los milmillonarios oligarcas y con los grandes medios de comunicación.
En 2010, el Dr. Fauci le dijo a su obsequioso entrevistador y luego biógrafo Michael Specter, de la revista New Yorker, que su manual político de referencia es la novela de Mario Puzo El Padrino. Recitó espontáneamente su frase favorita de la épica de Puzo: “No es nada personal, son sólo negocios”.

La asombrosa concatenación de abusos que ha conducido a la crisis COVID no tiene un único autor –aparte de Gates y las farmacéuticas, sobresalen los gobiernos chino, italiano y alemán y otros millonarios, además de esbirros como Tedros, el comité británico SAGE, Daszak y Drosten – pero la fijación en que “de la epidemia del coronavirus solamente se sale con una vacuna” tiene la marca de fábrica de Anthony Fauci. Hacia él apunta su patrón de comportamiento en la crisis del SIDA desde los 80, su visible laxismo regulatorio respecto de todas las vacunas que han proliferado desde que adquirió poder, sus lazos directos con la compañía Moderna (y con Pentágono a través de DARPA), su megalomaníaco protagonismo mediático, y la movilización de los ministerios de salud de todo el mundo a través de la OMS.

Así, Trump hizo suyo el patrón que le ofreció Fauci de aprobar una vacuna en tiempo récord y a cualquier precio en la loca carrera de la “Operación Warp Speed”, que generaría sustanciosos beneficios para la gran industria farmacéutica. El libro documenta cómo Fauci ha seguido el mismo método en 2020 que con el letal medicamento AZT en los 80: la autorización de emergencia con unos estudios claramente sesgados, bajo el argumento moralista de que no se puede coartar el acceso a maravillosos tratamientos innovadores –aunque tengan graves efectos colaterales ‘raros’. Con plena conciencia en el NIAID de que el AZT tenía altísima toxicidad y efectos mortales, que se taparon a conciencia y se siguen tapando. Y también con plena conciencia de que el tratamiento con AZT sería de hecho obligatorio en el momento en que se aprobara por el regulador (patrón de “Standard of Care”). Fauci, a través de los presupuestos de investigación del NIAID, ha controlado estrechamente junto a la industria la red de investigadores que forma los paneles de la agencia FDA que aprueban los medicamentos y vacunas. Es una captura masiva de un regulador, un caso de libro, en un sector crítico, y con consecuencias monstruosas. Con razón la comunidad de activistas afectados por el SIDA y su abordaje político-sanitario en EEUU exhibía en sus pancartas la frase “bienvenidos a nuestra pesadilla”, retomando el título de un disco de la leyendo del hard-rock Alice Cooper.

Kennedy detalla las estrategias de Fauci para ocultar efectos adversos de las vacunas experimentales contra el ‘SARS-COV 2’, y en particular la amplificación de la enfermedad por la vacunación:

1) Parar el ensayo clínico a los seis meses y vacunar al grupo de control para impedir la detección de daños por vacunas en los ensayos clave. Es algo particularmente fraudulento y desvergonzado, pero como ya funcionó impunemente con el AZT, lo ha repetido de nuevo.

2) Mantener un sistema de reporte de efectos adversos (VAERS) pasivo y voluntario, que bajo la apariencia de un sistema real de farmacovigilancia en realidad permite que se escape la detección de la práctica totalidad de efectos adversos.

3) Movilizar a los medios de comunicación y a las empresas tecnológicas para silenciar cualquier información sobre daños provocados por vacunas en prensa, radio e internet.  El trabajo de Fauci con Zuckerberg, Gates y con los principales medios anglosajones, junto a los sicarios ‘verificadores de noticias falsas’ está ampliamente documentado.

4) Establecer junto al organismo CDC un severo desincentivo a hacer autopsias en muertes tras la vacunación, lo que les permite afirmar que las muertes reportadas “no están relacionadas con las vacunas”.

5) Influir de forma determinante en la composición de los paneles de las agencias reguladoras (FDA y CDC) para que sus miembros sean leales de su agencia NIAID y del NIH, así como receptores de generosa financiación de Gates. Siendo agentes claramente a su servicio se garantizaba la aprobación de las autorizaciones de emergencia incluso con estudios claramente insuficientes.

6) Vacunar al conjunto de la población mundial sin excepción, incluso a embarazadas y a niños, lo que permite eliminar el grupo de control y así ocultar los daños provocados por las vacunas. De todos ellos es el punto más brutal y temerario y que puede provocar espirales incontrolables. La única frontera que hasta ahora no habían cruzado Fauci y Gates.

Con esta secuencia de escándalos que revuelven el estómago a la vista de todo el mundo y perpetrados con impunidad, todo cobra sentido. Casi todos los puntos salvo el último ya los ensayó Fauci en los 80 y los ha venido repitiendo hábilmente con mayor o menor intensidad en función de sus intereses. Y el punto de llegada de la operación covid estaba planteado de antemano: el asalto para intentar la vacunación obligatoria de la población después de confinarla y aterrorizarla, como verdadero golpe de estado global contra la democracia y los derechos humanos y como forma de establecer una dictadura salubrista justificada en el combate a un virus aún indemostrado y a una falsa nueva enfermedad que no es sino un síndrome-paraguas que rebautiza múltiples patologías ya existentes y perfectamente reconocidas por la clínica.

La crónica de la temeraria y manipulada autorización del carísimo Remdesivir, conocido por las enfermeras estadounidenses como “Run-Death-is-Near” (‘Corre, la muerte se acerca’) por su toxicidad, así como la brutal supresión de los tratamientos tempranos con genéricos (incluyendo la ivermectina, la hidroxicloroquina o las vitaminas D y C) bajo pretextos ridículos provoca asombro y repugnancia. Y recuerda al envío de millones de personas como carne de cañón en las guerras a lo largo de los siglos y la creación artificial de conflictos por los fabricantes y traficantes de armas para satisfacer ansias de poder y lucro particular. Kennedy nos desacraliza al estamento científico e investigador, que puede ser tan peligroso y tan falsario y corrupto como el reconocidamente turbio mundo de la guerra y los servicios secretos. Y que puede ser dominado por intereses particulares con un poder concentrado por camarillas y por megalómanos camorristas peligrosos como Fauci, como cualquier otra organización humana.

Una de las estrategias que han garantizado el encumbramiento de Fauci: la compra de portadas de encargo como esta contra sus detractores.

El último capítulo (‘Juegos de Gérmenes’) es uno de los más reveladores del libro, al detallar precisamente la implicación de los servicios de defensa y de espionaje en el ‘partenariado’ de Fauci. Lo que hemos sufrido desde febrero de 2020 es un repertorio típico de una emergencia militar: la imposición de la obediencia, la censura total y la supresión implacable de cualquier debate y disidencia. Aparecen personajes verdaderamente atrabiliarios como Robert Kadlec, coordinador de la operación Warp Speed junto a Fauci, o los compinches de Fauci en 2020 como Deborah Birx, todos ellos con nexos muy oscuros con el complejo militar-industrial y farmacéutico.

Algunas limitaciones encontramos también en esta obra valiente, percusiva y generosamente documentada fundamental para la comprensión de nuestro tiempo. El libro no entra en detalle en varias de las dimensiones clave de la crisis, como el uso fraudulento de los test PCR –que toca solamente de forma tangencial con las famosas citas de Kary Mullis, inventor de una prueba utilizada de forma espuria ya en los 80-, ni en los tejemanejes políticos en Estados Unidos que han tenido graves consecuencias sobre el resto del planeta: especialmente llamativa resulta la omisión de la fecha de aprobación en Estados Unidos de la primera vacuna de ARNm, que fue – oh casualidad – el día siguiente – del anuncio oficial de los resultados de la elección del presidente Biden. Pero Kennedy es un cronista honesto y equilibrado y critica tanto a Trump y a los republicanos cabilderos de las farmacéuticas como a los demócratas con los que comparte partido, en particular a los congresistas que han respaldado a Fauci durante décadas y a los que ahora abogan por mandatos totalitarios y ejercen una persecución de los disidentes.

Desafortunadamente, los estudios laboriosa y juiciosamente citados por Kennedy no convencerán a los que todavía creen la versión oficial de la epidemia. El estamento farmacéutico ha creado estudios y estadísticas a su medida para contrarrestarlos. Pero el compendio de las flagrantes mentiras y fracasos de los que han encargado esos estudios como Fauci sí puede hacerlo. “Son quince días para aplanar la curva”, “La vacunación será solamente voluntaria, será sólo para los vulnerables”, repitieron. “Les mentimos sobre la eficacia de las mascarillas por su bien”, “la inmunidad de grupo está en el 70%”, “la eficacia de todas las vacunas contra la hospitalización y la muerte es del 100%”. El compendio de las innumerables y evidentes mentiras –que no errores- y la explicación de por qué se formularon de esa manera y con ese descaro es lo que tiene más potencia, aunque también debe combinarse con estudios. A los datos siempre contestarán con otros datos manipulados, pero de la pérdida de credibilidad y la desautorización de quienes los pronuncian es más difícil que se defiendan. Por ello es fundamental martillear con esa crónica y concentrarla en el desgaste público de la reputación de los malhechores y falsarios en puestos de poder, y el libro de Kennedy es una herramienta de considerable potencia para hacerlo.

Podemos terminar esta reseña con la memorable frase final que cierra el gran aporte de Kennedy: “Únete a nosotros para recuperar la democracia y la libertad. Nos vemos en las barricadas”.

Mitch Bakunin


Para ir más allá…

4 Comentarios

    1. WATTBA - What a time to be alive

      Fauciorleone. Il Capo de la big-pharma.
      El Mengele que levita y sabe caminar sobre las turbulentas aguas del decadente Imperio Trump-ista y -Biden-inano.
      Otra evidencia más del agónico final del Capitaloceno.

  1. G. L.

    Estoy harta(o)(e)… Y necesito desahogarme. Intentaré ser breve. No vengo a discutir, ni a convencer. Si te apetece, acompáñame, sin prejudgar.

    Es de primero de Derechos Humanos (Nivel Básico), que NADIE, absulutamente NADIE, puede obligar a otro ser humano a aceptar un tratamiento que no desea (independientemente de cuáles sean las razones y/o argumentaciones personales que aduzca).

    Existe un elemento procedimental clave en las relaciones profesional/paciente con relación a los tratamientos. El consentimiento informado.

    En mi caso personalmente, de forma y manera voluntaria, formada e informada, sopesada y en pleno derecho, he decidido no participar de dicho tratamiento experimental por razones que no me parece oportuno ni relevante explicitar.

    Después de propaganda a toneladas (por diferentes vías: tierra, mar y aire), coacciones varias, chantajes diversos, hiper-normatividad esperpéntica, legislación absurda y buenas dosis de arbitraridad jurídica con respecto a Derechos Fundamentales. La última línea roja que me faltaba por ver atravesar, era que alguien pudiera creerse con Derecho a obligar a otra persona a acepar un tratamiento médico contra su voluntad. Por ahí, si que no !.

    Notas finales, dos supuestos + uno:
    1. Un fármaco experimental, no es una vacuna. Una vacuna es algo muy serio, porque no hay que olvidar que va a suministrase a personas sanas. Un medicamento seguro y eficaz tarda como mínimo una década en desarrollarse y ofrece garantías de que se han observado los presumibles efectos a largo plazo. Especialmente, cuando de lo que estamios hablando es de que los tratamientos trasgénicos (OGM)-Organismos Genéticamente Modificados no actúan en plantas, sino en los sistemas inmunitarios de seres humanos.
    2. Patentes liberadas de uso comercial y universalidad.
    3. Obligación (antidemocrático y directamente enfrentado contra los Derechos Humanos)

    Gracias.

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